t e x t o s

Oquedades

Decía el sabio chino Lao Tzu que Treinta ejes hacen la rueda, pero es su vacío lo que la hace útil. Es lo que no está ahí, el espacio entre los rines, lo que nos permite usar la bicicleta. Lo mismo, dice el sabio, pasa con los vasos: La arcilla hace al objeto pero es el hueco, el espacio en el que no hay arcilla, lo que nos permite ponerle agua y usarla como vaso.
Una puerta sirve porque hay un agujero en la pared.
Nosotros, atrapados en el vértigo veloz de nuestro tiempo, hemos construido una mirada utilitaria que centra nuestra atención en lo que es, en lo que tocamos. No solemos dedicarle tiempo a lo que no es, a lo que no está ahí, a pesar de que el vacío guarda la esencia y utilidad de cada cosa.
Como una casa, la obra que nos presenta Rocío Lomelí está enfocada en la funcionalidad de sus vacíos, de sus oquedades, pero (y ahí uno de los logros de la artista) no nos permite concentrarnos en los muros, en lo conocido, en lo sólido, sino que concentra nuestra atención y dirige nuestra mirada a las sutilezas de lo que hay detrás o más bien de lo que no hay.
El tiempo es acaso lo primero que se rompe con esta obra. Porque el reloj interno de sobrecafeinado vértigo con el que entramos a ver el trabajo, simple y llanamente no permite un acercamiento al mismo. Repele.
 Las manecillas descubren que los espacios vacíos se expanden, que el paso de un instante a otro se prolonga y el péndulo de la cotidianidad se alenta, generando en un inicio, la angustia de quien tiene siempre prisa de llegar de ningún lado a otra ninguna parte, como cada uno de nosotros.
Pero la obra se impone, su sutileza nos calma y entramos a esta otra medida, a una ausencia de tiempo en la que es posible colarnos entre las oquedades de la prisa, hacia un espacio que es posible gracias a la lente del artista.
Rocío nos comparte sus silencios, sus ausencias tan sutiles como el pétalo de un haiku en el que podemos detenernos y también desnudarnos de nosotros mismos para que al final, cuando ya no quede nada, quedemos solos frente a la obra.

 Zul De La Cueva


Ausencias


Un cuerpo se mete al agua, se vuelve ligero, flota. Es física simple. Podemos obedecer a fórmulas y resolver lo que dicte la ciencia. Todo tiene una explicación. Sin embargo, la fotografía de  Rocío Lomelí se sumerge más allá, se niega a la superficie y prefiere bucear al interior, concentrarse en esas dos terceras partes de agua que nos componen. Reacciona a la corriente, a la marea, a la presión y obtiene resultados que llevan al espectador a distintas conclusiones.
En Ausencias, la fotógrafa es sugerente a partir del término. Un elemento (inocente en apariencia) disecciona al cuerpo, lo deforma, lo separa, lo priva de una parte. El ojo es engañado por el agua, y hace pensar en situaciones desgarradoras, oníricas, poéticas o etéreas, incluso capaces de aterrarnos. La refracción nos lleva al interior de nosotros mismos. ¿Dónde más podemos sentir una ausencia?
A través de esta serie de imágenes, podemos entender que la profundidad no es el fondo del mar. Desde el exterior que ofrece la luz, Rocío Lomelí nos guía a la oscura intimidad de cada individuo y nos retrata en el subconsciente, más allá, donde percibimos la verdadera explicación de lo que dice cada fotografía.

Francisco Rojas Cárdenas
 


Reseña

Coloreada de  plata y cargada de un oscuro peso emocional, la obra de Rocío Lomelí se articula en la diversidad de personajes, objetos y paisajes que conforma su visión de la existencia.
En su serie  Aleph, las imágenes presentadas son las de un barquito hecho de hoja que tiene como vela una pluma de ave, la relación directa que el espectador puede encontrar es con el famoso cuento de Jorge Luis Borges, tan ligado al existencialismo en la literatura. 
En barco de Rocío Lomelí, como el protagonista del cuento, zarpa hacia un viaje interminable, el del hombre que se enfrenta al infinito sólo para volver al origen, representado en las imágenes por la misma casa por la que viaja el navío. La vuelta al inicio permite recomenzar la experiencia y revisar el aprendizaje  adquirido en el camino. Las imágenes compuestas de sutiles estructuras y geometrías se complementan con intervenciones de acentos cromáticos que  transformar el entorno. 
En la serie Ausencia, la memoria emotiva del espectador es puesta a prueba. Rocío nos lleva a hurgar en el pasado y despertar ausencias. Nos traslada a otros tiempos, a otros terrenos de la memoria en los que de las imágenes originales sólo queda un espectro, un cascaron o apenas un trazo de la emoción de lo vivido. Las fotografías de Ausencia presentan una armonía visual de claroscuros  con figuras carcomidas por la sombra que le dan una espesura muy particular.  
 
Otro de los trabajos más significativos de Rocío Lomelí se presenta en la serie Novias, es aquí donde aparece su interés por otro de los grandes temas de su trabajo: la construcción de lo femenino. Las mujeres retratadas transmiten un eco de fineza poética y sensibilidad bañada de ironía. La autora propone agudos retratos de personajes anacrónicos de mirada profunda pero también de mujeres vivaces y emancipadas.  

El recorrido que haga el espectador estará lleno de ventanas a vidas simultáneas, a coloridas puertas que abren el cielo, sólo para encontrar contemporáneas naturalezas muertas y míticas sirenas. Rocío Lomelí nos invita a pasar a observar el juego de la vida.
                                                                                                                              Vanessa García Leyva
 


Descomposición

Como la vida en el planeta, la fotografía se sustenta en el delicado equilibro entre luz y oscuridad. La sociedad contemporánea es un organismo averiado, merced a los hábitos que la consumen, y mientras nos demudamos en busca de una identidad la luz define nuestros límites y la oscuridad, manto perenne, evidencia el carácter efímero que nos envuelve. Las imágenes de Rocío Lomelí y Viviana Vázquez ofrecen al espectador un atisbo de esa tensión constante entre orden y caos, interior y exterior, conocimiento  e ignorancia, éxtasis y estasis, que domina la relación del hombre con su entorno. Y en medio de todo, en esa Descomposición que agrupa sus obras, la fragmentación de la luz y el ser humano.
La descomposición del espacio íntimo, de esa luz-entraña que se fragmenta mediante unas persianas como párpados de papel, es explorada por Rocío Lomelí en su serie Interior: El torso de una mujer cuyo rostro nunca vemos, la luminosidad exterior, errada y errática, que pugna por hacerse un lugar en el rincón personal, que compite con el brillo de una pantalla y que deja constancia, sobre el papel, del paso implacable del tiempo.
En El orden del caos, la serie de Viviana Vázquez, los personajes surgen como bocadillos en paisajes desconcertantes donde la forma humana es apenas un rastro, pero nunca un rostro: ahí una mujer camina entre ruinas, allá alguien más se funde en el gris de un océano brillante. Esa figura en rojo rodeada de árboles gigantescos como gritos hacia el cielo da fe de la descomposición que acompaña los pasos del hombre allá donde pisa. 
Convencido de que “sentarse frente a un tema era un impedimento para realizar una obra realmente creativa”, Man Ray dejó de inspirarse en la naturaleza para inclinar su atención “prioritariamente hacia los objetos fabricados por el hombre”. Rocío Lomelí y Viviana Vázquez parecen llegar a la conclusión, en concordancia con el fotógrafo dadaísta, de que no hay mayor objeto en la invención humana que el sujeto mismo, y se dedican a explorar esta idea bajo las sombras de la descomposición.
Del paso de lo que es a lo que no es, de la nada a la realidad, de la claridad a la oscuridad, no hay micras que midan el instante. Y si el arte es efecto de la vida interior del artista en la realidad objetiva, entonces descompongamos un poco el rostro, demudemos el ojo y observemos con atención estos paisajes —internos y externos— que nos proponen Viviana Vázquez y Rocío Lomelí, en los que la luz es el hilo que nos comunica y mediante el cual nos religamos, para bien o para mal, con el universo. Y donde acaso somos más que esas manchas de sombra sobre una persiana de papel.

                                                                                                                             Mariño González

No hay comentarios:

Publicar un comentario